Ocho hispanos pertenecen al Salón de la Fama del Béisbol, cada uno de los cuales tiene su propia historia, que va más allá del heroísmo en el terreno.
Roberto Clemente fue el primero en hacer su entrada, si bien entonces, ésa no fue su única distinción. Trágicamente, fue el segundo jugador que no tuvo que cumplir cinco años después del retiro para llenar los requisitos. El primero fue Lou Gehrig, en cuyo caso no se aplicó la regla porque murió prematuramente. Más tarde, se procedió del mismo modo en el caso de Clemente, tras su muerte en un accidente aéreo, la noche de fin de año de 1972, mientras transportaba suministros a las víctimas del terremoto de Nicaragua. Fue seleccionado para formar parte del Salón de la Fama el siguiente mes de marzo.
Cuatro años más tarde, no se trató de algo trágico sino de justicia atrasada: Martín Dihigo se convirtió en el primer latino que ingresó en el Salón de la Fama, aunque nunca jugó en las Grandes Ligas. En la época en que el negro cubano Dihigo se encontraba en la cima de su carrera, las ligas mayores prohibían la participación de jugadores de ascendencia africana. La biografía oficial de este jugador en Cooperstown habla de su carrera en las Ligas Negras y las ligas de verano en Puerto Rico, Venezuela, México y Cuba. Dihigo también es miembro del Salón de la Fama de México y Cuba.
En 1977, un hombre nacido en Tampa,fue seleccionado para el Salón de la Fama a consecuencia de su exitosa carrera como receptor y (especialmente) como manager durante las décadas de los años 50 y 60. La mayoría de las listas de hispanos miembros del Salón de la Fama no lo incluyen. ¿Cómo es posible que no se mencione a Alfonso Ramón López, hijo de inmigrantes españoles, llegados al país desde Cuba, que creció en Ybor City, Tampa, uno de los primeros barrios latinos de Estados Unidos?
El cuarto latino miembro del Salón de la Fama fue el primer dominicano en alcanzar semejante honor y el primero en convertirse en ministro de deportes de su país. Juan Marichal, ese gran lanzador derecho famoso por su alta patada al lanzar, entró en el Salón de la Fama en 1983. En el año 2000, aún cumpliendo funciones como ministro, Marichal ayudó a que se llevara a su país natal la primera exposición del Salón de la Fama en Latinoamérica.
Después siguió el parador en corto venezolano Luis Aparicio, en 1984, quien se convirtió en el cuarto latino consecutivo, nacido en el extranjero, en ser el primer jugador de su país en alcanzar un puesto en el Salón de la Fama. Con la elección de Aparicio, los cuatro países hispano parlantes, donde el béisbol es indiscutiblemente el deporte nacional, y que hasta el momento han mandado a las Grandes Ligas el mayor número de jugadores, quedaron finalmente representados en Cooperstown.
Siete años tuvieron que pasar para que el próximo hispano alcanzara el Salón de la Fama: Rod Carew, primer panameño con semejante honor. En 1977, Carew fue el primer latino en ganar el Premio Roberto Clemente, galardón anual que las Grandes Ligas otorgan al “jugador con valores similares a los que Clemente demostró en su compromiso para con la comunidad y con el valor de ayudar a otros”.
Orlando Cepeda, séptimo hispano y segundo puertorriqueño miembro del Salón, se sobrepuso a lesiones graves sufridas en varias ocasiones durante su carrera (tuvo muy poca participación en 6 de sus 19 temporadas). Cepeda también tuvo que resolver problemas relacionados con drogas. En la actualidad, “Baby Bull” visita escuelas ubicadas en centros urbanos no privilegiados de ciudades de todo el país, para alertar a los estudiantes sobre el peligro de las drogas y el alcohol.
El jugador hispano elegido más recientemente fue Tony Pérez, en el año 2000. Si bien Dihigo tiene la distinción de ser el primer cubano en Cooperstown, Pérez es el primer cubano en serlo como jugador de las Grandes Ligas. El día que fue aceptado, Pérez habló de sus principios.
“Provengo de una familia pobre y trabajadora, pero en la que abunda el amor y el respeto”, dijo durante su alocución. “Mi padre sentía gran admiración por Minnie Miñoso, una gran estrella en nuestro país. Un día le dije a mi madre, Tita, ‘Voy a ser como él’. Y ella me dijo, ‘Hijo, te deseo mucha suerte. Pero no va a ser nada fácil’. Bueno, no fue fácil, Tita, pero heme aquí”.