Papá cumplió 84 años el 1ro de julio. Es probable que este haya sido su último cumpleaños; tiene cáncer de hueso en las caderas.
Hace tres años, cuando él y mamá todavía vivían en su casa, en California, a papá le diagnosticaron cáncer de próstata y, además, lo operaron de vesícula. Su enfermedad lo dejó discapacitado y pasó varias semanas en una clínica especializada. Mamá se quedó en la casa, sola y deprimida. Finalmente, mis hermanos y yo logramos convencerlos de que se mudaran a un hogar de vida asistida. Elegimos Seattle, porque allí los centros de vida asistida son un 50% más baratos que en California, y mi hermano menor, Jaime, vivía justo a la vuelta del nuevo hogar.
Los últimos dos años fueron más felices para todos, a pesar de la salud de papá. Mamá y papá alcanzaron su plenitud en el centro y nosotros estábamos satisfechos con la atención que recibían. Mamá es una de las residentes más jóvenes, y le gusta serlo. Ella es encantadora, una verdadera coqueta, y le prestan muchísima atención. Toma clases de yoga y juega al bingo con las otras señoras. Ocasionalmente, adopta a alguna residente mayor que necesite más atención y la ayuda a avanzar.
Pero cuando los visité en febrero, me quedé muy preocupado. Papá nunca fue muy elegante, pero siempre fue prolijo. Esta vez vestía unos pantalones viejos y una camiseta. Sus cejas estaban blancas por la caspa, y sus uñas, largas. Había tenido neumonía y se estaba recuperando, así que pasaba la mayor parte del tiempo en cama. En su pequeño cuarto, donde sólo hay un televisor y la cama, había un enorme tanque metálico de oxígeno. Cada vez que tomaba una siesta o se acostaba por la noche, lo conectaban al tanque. Papá se quejaba amargamente, hasta que se dio cuenta de que el oxígeno lo ayudaba a respirar mejor.
La enfermedad de papá dejó a mamá deprimida y huraña. Además, ella está presentando algunos síntomas de demencia: se desorienta, exhibe cambios en su personalidad y se olvida de las cosas al cabo de algunas horas. A menudo, se torna evasiva e insensata. Ávida lectora, solía ser dogmática y divertida. Ahora, se puede convertir en una niña de un momento a otro. Mi hermano, quien la ve casi todos los días, a menudo pierde los estribos. “Es manipuladora”, me dice, y yo le respondo que ella está perdiendo algunas de sus capacidades, que creo que todos vamos a tener que aprender a lidiar con sus frustraciones y sentimientos, y seguirle la corriente.
Ella siempre se enoja cuando le prestamos atención a papá. He tratado de explicarle que él se está muriendo, que ella debería disfrutar de sus últimos días con él; pero en este momento, a ella no le importa. Mi hermano los lleva a la iglesia todos los domingos. Ahora, mamá hace un berrinche cada semana, porque no quiere que papá vaya. Mi hermano ignora sus comentarios, diciéndole que si no se comporta bien, llevará sólo a papá a la iglesia.
La lección que aprendimos cuando los mudamos al centro de vida asistida fue que no debemos demorar las decisiones relativas a la situación de nuestros padres. Hoy, ninguno de nosotros ignora lo que está por suceder: cuando papá muera, tendremos que tomar una decisión con respecto a mamá.
El cáncer de papá está avanzando rápidamente. Las enfermeras nos dijeron que vamos a tener que trasladarlo a un centro de cuidados más intensivos. Jaime encontró uno dirigido por monjas en West Seattle. No sabemos si este centro tendrá lugar para mi madre. En caso de no tener lugar para ella, la situación se complicaría para Jaime, quien ahora se las arregla para hacerles rápidas visitas, en camino de su demandante trabajo a su casa , para estar con su esposa y sus dos jóvenes hijos.
¿Y qué pasará con mamá cuando papá muera? Han estado casados por 56 años y, excepto por el año en el que papá se mudó a Estados Unidos, nunca estuvieron separados.
¿Debería quedarse en Seattle o volver a California, donde viven mi hermana Mae, especialista en gestión de salud de un hospital de California, y mi hermano José, ingeniero jubilado? ¿La dejamos en el hogar en el que está ahora, donde ella ya conoce gente y la gente está acostumbrada a ella? No lo sabemos. Pronto llegará el momento en que tengamos que volver a quitarle más libertades y privilegios, sólo para mantenerla sana y salva.
Creo que ocuparse de las necesidades de mamá será cuestión de conseguir la atención adecuada. Hasta ahora, no le han hecho pruebas por la demencia. También vamos a tener que aprender a aceptar sus frustraciones; vivir con la realidad del momento y usar la distracción y los recuerdos para mantenerla feliz.
Y también está el aspecto financiero. Para pagar el centro en el que están ahora, usamos el alquiler de su casa en Palo Alto, su Seguro Social y la pensión de papá; pero cuando papá muera, perderemos la pensión.
Justo cuando creíamos que habíamos solucionado todos los problemas futuros con nuestros padres ancianos, la vida vuelve a cambiar, y rápidamente. Papá y mamá emigraron de El Salvador a principios de los sesenta. Ambos eran contadores; pero en Estados Unidos, papá trabajaba como chef en Stanford University y mamá, como auxiliar contable. Tenían pocos amigos y ningún pariente cerca. Nosotros éramos su familia. Ellos esperaban que, a medida que envejecieran, cuidáramos de ellos en su casa —que compraron con gran sacrificio—, en California, hasta el día de su muerte. Así es como fueron enseñados. Quizás no estemos haciendo lo suficiente por ellos.
Cuando era más joven, mamá nunca se rendía; siempre se las arreglaba para encontrar una solución a los problemas. El mejor regalo que me hizo cuando yo era niña fue enseñarme a tener templanza ante las catástrofes.
Me pregunto qué pasará por la cabeza de mamá ahora. ¿Adónde habrán ido a parar la sagacidad y perspicacia que la ayudaron a guiar a su familia de El Salvador a Estados Unidos? ¿Tendrá miedo ahora al contemplar su vida, una vida que cambiará drásticamente cuando papá fallezca? ¿Cómo enfrentará la vida sola, sin el marido que ha sido su compañero por más de medio siglo?
Enfrentar la muerte de papá me está llevando a hacerme muchas preguntas acerca de mi propia vida. Sé que no cumplí los objetivos que él tenía en mente para mí. No tuve hijos ni compré una casa grande. Sin embargo, ambos estaban orgullosos de los variados caminos que tomamos mis hermanos y yo. Y creo que papá estará feliz de saber que los valores que me transmitió —y que han permanecido conmigo a lo largo de los años en los distintos países en los que he vivido— son la fe en mis propias fuerzas, la honestidad y la lealtad.