El hijo de Mónica Mendoza fue a la guerra. Ella no esperaba que la guerra volviera a casa con él, pero así fue.
Los jóvenes y no tan jóvenes de Puerto Rico enviados a Irak, Afganistán y a otras costas extranjeras deben enfrentarse a una cruda realidad a su regreso. Los veteranos sufren de heridas físicas y mentales. Las familias son separadas y su Isla está atravesando un período de masivos cambios. La cultura, las tradiciones y la economía forman parte de los daños colaterales de la guerra. En un tiempo en que los boomers —nacidos entre 1946 y 1964— de la Isla deberían estar preparándose para su jubilación, muchos de ellos se encuentran cuidando de sus pequeños nietos, cónyuges heridos o, como en el caso de Mónica, de un niño adulto cuyas heridas invisibles pueden significar una vida dedicada a cuidarlo.
Los roles familiares tradicionales se trastocaron. El divorcio es más común, el desempleo entre los veteranos está aumentando y la guerra sigue dejando su marca en las mentes y cuerpos de la gente de Puerto Rico.
| José está enojado con la milicia, enojado porque su hijo no mejora, enojado porque su vida ha tomado un giro de 180 grados y colocado a su familia en una montaña rusa que no se detiene. |
La guerra interior
Jorge Mendoza es un hombre apuesto, físicamente en forma y psicológicamente devastado. Casi un año después de retornar a Puerto Rico de una incursión en Irak, este hombre de 34 años no logra reponerse de una profunda depresión ni mantener estabilidad en un trabajo ni subsistir por sus propios medios. Habiendo sido alguna vez un padre responsable y seguro desde el punto de vista financiero, este padre divorciado, con una hija de siete años de edad, depende ahora de sus padres, Mónica y José, para que lo guíen, para tener un lugar donde vivir y para que lo apoyen económicamente.
La familia —que pidió permanecer en el anonimato, motivo por el cual sus nombres han sido cambiados—, estuvo de acuerdo en compartir su historia sólo a través de un tercero, Melba Sánchez Ayéndez, doctora en gerontología social y antropóloga cultural de San Juan.
Mónica y José —ella es profesora universitaria y él, propietario de un negocio muy exitoso— viven una vida drásticamente diferente a la que alguna vez habían soñado que vivirían a esta altura de sus vidas. Ya no hay más planes de vacaciones ni horas de trabajo reducidas para disfrutar de la vida y ya no se habla más con orgullo del servicio patriótico que brindó su hijo.
“No es el centro de sus conversaciones, pero sí el centro de sus vidas”, dice Sánchez Ayéndez. La familia Mendoza está atravesando un período de transición, dice ella. Ellos, como tantos otros en circunstancias similares, no quieren hablar sobre su difícil situación, porque no saben aún con exactitud cuál es su situación.
“Están construyendo un mundo nuevo, estableciendo nuevas rutinas y, no obstante ello, sintiéndose fuera de control porque no saben qué pasará con su hijo. Eso requiere tiempo”.
| Con más de 7.000 tropas —el 42% entre los 40 y 60 años de edad—, la Guardia Nacional de Puerto Rico está ubicada en el 18º lugar entre las más grandes de la Nación. Más de 146.000 veteranos viven en la Isla. |
A Mónica —dice ella— le encanta ser abuela de la joven hija de su hijo; pero le cuesta mucho aceptar que también es la niñera de su hijo adulto. Si bien Jorge ahora es empleado del negocio de la familia, le resulta muy difícil trabajar allí debido a los fuertes anti-depresivos que toma, y Mónica aún teme lo que pueda hacer él si se lo deja solo.
No hace mucho tiempo, Sánchez Ayéndez le contó a Mónica que su propio hijo era un niño que requería de cuidados especiales, que quizás nunca pudiese vivir en forma independiente o tener un empleo satisfactorio. Mónica respondió: “Sin embargo, no tienes que preocuparte todos los días por si él se suicida”.
José está enojado. Retirado de la Guardia Nacional de Puerto Rico, se alegró cuando su hijo se unió a la misma fuerza militar. Estuvo de acuerdo con la guerra en Irak. Ya no es así. Ahora está enojado con la milicia, enojado porque su hijo no mejora, enojado porque su vida ha tomado un giro de ciento ochenta grados y colocado a su familia en una montaña rusa que no se detiene.
Las presiones que siente Mónica y los roles que desempeña van en aumento. Solía ir de compras y a almorzar afuera con su anciana madre, que vive en su propia casa, pero con alguien que cuida de ella todo el tiempo. En estos días, Jorge a menudo está con las dos, porque ella teme dejarlo solo. Y cuando Jorge y José discuten, Mónica asume el rol de árbitro.
A la cariñosa y atenta abuela le preocupa cómo su nieta se verá afectada por la enfermedad de Jorge, dice Sánchez Ayéndez. Los Mendoza y los abuelos maternos ayudan con los deberes inherentes a los padres y contribuyen financieramente. La familia Mendoza también paga el tratamiento psicológico de su nieta. Así como su padre ya no es más el papá divertido y lleno de energía que conoció antes de que partiera para Iraq, tampoco ella es la pequeña niña alegre y feliz que era antes. Ahora se enoja y se aparta de la gente, dicen ellos.
Mónica ha debido anticipar su fecha de jubilación, aunque no para jubilarse de la manera en que lo había previsto. Habiendo pensado alguna vez en dejar su empleo a los 62 años, su último día de trabajo ahora será en diciembre de 2008, a la edad de 60 años. De esa manera, podrá ocuparse mejor de la educación de su nieta y del cuidado de su madre e hijo.
“Si vieran a Jorge a la entrada del cine, no percibirían nada malo en él”, dice Sánchez Ayéndez. Sin embargo, muy poca gente conoce hasta qué punto la guerra en Iraq sigue viva en su mente, o el giro que tomaron las vidas de los miembros de la familia Mendoza.
A la orden
El Servicio en la milicia es una tradición en Puerto Rico. Con más de 7.000 tropas —el 42% entre los 40 y 60 años de edad—, su Guardia Nacional está ubicada en el 18º lugar entre las más grandes de la Nación. Desde el 11 de septiembre, más del 90% de los miembros de la Guardia de la Isla han sido desplegados, muchos de ellos, a más de una misión bélica; y más de 146.000 veteranos viven en la Isla.