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Volví de Maçanet entusiasmado para profundizar más sobre mis raíces, a pesar de que sabía que, tarde o temprano, iba a chocar contra las políticas cubanas, que harían lenta mi indagación. Aparte de la rama española de los Surós, la mayor parte de los registros de familias se encuentran en los casi inaccesibles archivos cubanos. Pero no todos. Cuando mi familia vino a Estados Unidos, trajo certificados de bautismo y matrimonio; por años yacieron sepultados en gavetas de tocadores hasta que me propuse encontrarlos. Los encontré llenos de pistas genealógicas.
El certificado de bautismo de mi abuela Emelina
hermana de Nana, indica que sus padres fueron Jaime Surós Isern (nacido en “Massaná”, un recordatorio a los genealogistas aficionados para que tengan cuidado con errores ortográficos) y Eleuteria Reyes Fuentes, de Vicana, aldea en las afueras de Manzanillo. El certificado de bautismo también indica los nombres de sus abuelos. En Maçanet ya me había enterado de los nombres de los abuelos paternos, Tomás Surós y Maria Isern.
Sin embargo, los nombres de los abuelos maternos de Emelina eran nuevos para mí: José María Reyes y Felipa Fuentes. El certificado no contenía los lugares de nacimiento, o los apellidos maternos. La tradición oral de la familia no dice nada al respecto. No sabía nada de ellos, hasta que años después la ciencia y la tecnología moderna me abrirían una puerta.
Sí existen anécdotas familiares sobre los antepasados de mi abuelo Emilio Vázquez Lotti
, esposo de Emelina, un erguido caballero a la vieja usanza .
Hay muchos retratos de su familia. Uno de ellos muestra a Lutgarda
, la madre de Emilio, como una joven de cara dulce pero mirada cautelosa, como si se estuviera preparando para cualquier cosa que la vida le pudiera deparar. Vivió en la época de las guerras de la independencia contra la España colonial, en el corazón de la provincia donde se dio lugar a la mayor parte de las luchas y murió en 1931, cuando Cuba era una joven república. Mi tía Rubí la recuerda como una mujer “muy alta y muy blanca”, con una personalidad fuerte. En una foto de la década de 1920, Lutagarda acaricia a a su nieta, mi mamá, Mabel,
cuando era bebé; en ese entonces, Lutgarda tenía cara de alguien que ha vivido mucho.
Mi bisabuela Lutgarda era la hija de Antonio Lotti Mercader y Josefa Navarrete Cuevas, “Pepilla”. Antonio era farmacéutico en Manzanillo, cuando a mediados del siglo diecinueve, el pueblo contaba con cerca de 4 mil habitantes. Por lo menos, esa es la historia que me llegó a través de Eladio Ruiz, un primo lejano (descendiente de la hermana de Lutgarda) que no conocí hasta que empecé a investigar el árbol genealógico de mi familia y encontré que su esposa Sara había escrito una historia informal.
Cuenta que el padre de Antonio fue un marinero italiano que inmigró a Manzanillo a principios del siglo diecinueve y estableció un negocio de cabotaje, transportando a personas y mercancías por los puertos de la costa oriental. Es un recordatorio de que Cuba hasta la década del 50, era el destino de los inmigrantes no un lugar de donde se quería escapar.
Las investigaciones de Sara reforzaron los consejos de los genealogistas: Además de conversar con familiares de mayor edad que tengan buena memoria, recuerde que los más jóvenes pueden haber desarrollado árboles familiares cuyas ramas se entrecruzan con las del suyo, y que pueden corroboran la tradición familiar. Por ejemplo, Sara afirma que los nombres Antonio Lotti Mercader y Josefa Navarrete Cuevas le llegaron a través de la rama Lotti de su esposo; son los mismos nombres que me llegaron, a mi de manera independiente, a través de mi propia rama Lotti. Es la mejor confirmación que se puede esperar cuando no hay documentos escritos.
Otra sugerencia de los genealogistas se refiere específicamente a investigaciones hispanas: vea las historias sobre heráldica española (vea recuadro, abajo). Estas enciclopedias de múltiples volúmenes se hicieron originalmente para personas deseosas de probar descendencia noble. No obstante, las recopilaciones son tan exhaustivas que hasta los plebeyos como nosotros también encontramos lazos familiares. El trabajo más extenso es el Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles y americanos, de 88 volúmenes, de Alberto y Arturo García Carrafa, que contiene la historiade 15 mil apellidos de Latinoamérica y España. Una obra concretamente cubana es Historia de familias cubanas, de nueve volúmenes, de Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallén, conde de San Juan de Jaruco.
| Historias sobre heráldica española: |
| Los genealogistas consideran indispensables a “Carrafa” y “Jaruco”, tal como llaman a estas dos obras. Los relatos de la familia no se encuentran en internet, sin embargo, el sitio en internet sí contiene listas de los apellidos que los libros cubren. Carrafa está catalogada en el sitio en internet de la Biblioteca del Congreso, en y Jaruco sobre CubaGenWeb.org. Este último también se puede encontrar en cadenas de librerías. Encontré los volúmenes y las páginas de los apellidos de varias familias y me pasé horas estudiando minuciosamente estos libros en la Biblioteca pública de Nueva York. |
¡Qué pena que no encontré que era de noble cuna! Encontré un linaje Navarrete que emigró de La Rioja a Santiago de Cuba, pero nunca puede establecer un vínculo.
Lo que sí puedo afirmar, es que mientras una exhausta Cuba hacía una pausa entre sus dos guerras de independencia, Lutgarda, la hija de Antonio y Pepilla, se casó con Francisco “Pancho” Vázquez Martí, posiblemente en la década de 1880. Ellos fueron los padres de mi abuelo Emilio.
No he podido confirmar que los padres de Pancho, Juan Vázquez y Teodora Martí, emigraron de Galicia, en el noroeste de España. Sin embargo, sí he visto el directorio comercial de Manzanillo de 1902, que muestra que Juan Vázquez era dueño de una cantina.
El directorio también muestra que, en la misma calle Sariol, Bitito Surós era dueño de una bodega. ¿Ya se habrían conocido mis abuelos Emilio y Emelina en 1902, cuando él tenía ocho años y ella cuatro?
Es posible que el práctico directorio de Manzanillo contenga una historia olvidada sobre dos niños que jugaban juntos en los negocios de ambas familias, que se convirtieron en una joven pareja de enamorados y a quienes presencié muchos años después, tomados de la mano en una cama en Nueva Jersey, cuando el cáncer acaba con la vida de Emelina. “A mi Emilio, para que nunca se olvide de mí”, escribió ella en una foto suya de 1916, una belleza de ojos oscuros en una imagen iluminada a contraluz. Él nunca la olvidó.
En cuanto a mi bisabuelo Pancho, este aparecía como “comerciante” en el certificado de bautismo de mi madre (las ocupaciones y direcciones son otros datos que sólo aparecen en los registros genealógicos del mundo de habla hispana). La tradición de la familia cuenta que Pancho era propietario de una fábrica de colchones, de una embotelladora y que era fotógrafo. Pruebas de esto último eran las muchas fotos de ese lado de la familia: fotografías del joven Emilio
y un retrato doble de una pareja en sus treintas
que según la tradición, eran sus abuelos. ¿Eran los abuelos paternos o maternos? Como se cuenta que Pancho era fotógrafo, es posible que sean sus propios padres, antes que sus suegros, Antonio y Pepilla. En genealogía, se aceptan conjeturas estudiadas. Por lo menos, yo las acepto siempre y cuando me prometa a mí mismo que seguiré buscando una confirmación.
Mi fotografía favorita muestra a Emilio siendo un niño pequeño con rizos rubios, en las faldas de una matriarca
que sostiene un abanico y vestida de luto a la vieja usanza española. Una vez más, la tradición de la familia cuenta que es una de las abuelas de Emilio, pero no se menciona nombre alguno. Entonces, una vez más, mis conjeturas: Las cejas prominentes de la viuda, sus ojos intensos y su quijada fuerte, la hacen parecer mucho a la joven de treinta y pico del otro retrato, tres décadas después.
¿Aún más conjeturas? La foto de la pareja es de la década de 1860. Los sitios en internet que ofrecen consejo sobre fechas de fotografías con el objeto de investigaciones genealógicas (ver recuadro página 1), sostienen que el tamaño de la foto y el papel en el que está impresa, además del sombrero de copa estilo Lincoln que el varón sujeta en su mano y el vestido circular con mangas onduladas de la mujer, datan de la década cuando Estados Unidos se encontraba en el medio de su guerra civil y cuando Cuba estaba empezando su lucha contra el colonialismo español. Tal como me enteré en internet, algunos de mis familiares pelearon en esas guerras.
Continuará. . .
En la segunda parte de esta historia, Roger Hernández muestra algunos consejos de búsqueda e indaga aún más en la investigación genealógica.
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