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La Zona Azul de Costa Rica
Supe por primera vez de los notables centenarios de Costa Rica, como Panchita, en 2005, luego de publicar en National Geographic mi artículo “The Secrets of Long Life” (Los secretos de una larga vida), en el que identifiqué tres regiones del mundo —Okinawa, Cerdeña y Loma Linda, California— donde la gente vive más tiempo que en cualquier otro lugar; áreas que pasaron a ser conocidas como Zonas Azules. Seguía con la curiosidad de localizar otras Zonas Azules aún no descubiertas. Así, usando mi experiencia como fundador de Quest Network, que ha generado más de una decena de expediciones globales interactivas para una audiencia en línea de 12 millones de estudiantes en 80.000 aulas, reuní un equipo de investigación para indagar sobre un grupo de poblados en la península de Nicoya, en Costa Rica, que prometía ser interesante.
Según nuestras conclusiones, otra Zona Azul en potencia podría existir en esa área. Luego de un viaje preliminar a Nicoya para entrevistar a un grupo aleatorio de, al menos, 20 individuos de más de 90 años, para tener una idea de su estilo de vida y verificar su edad en los archivos nacionales, nos dimos cuenta de que debíamos realizar un segundo viaje, más importante, con un equipo de investigación mayor y un plan para explorar más profundamente las causas por las que esta gente vive tanto tiempo.
Cuando volví a Nicoya en enero de 2007, lo hice armado con un plan y un equipo de expertos. Establecimos nuestro cuartel general en la hostal Dorati, ubicado en el límite boscoso de Hojancha, cerca del corazón de Nicoya. Su comedor al aire libre —una losa de cemento protegida, cercada por la vegetación— se convirtió en nuestro habitual centro de reuniones. Cada noche producíamos informes y videos cortos para poder examinar nuestros descubrimientos.
La primera noche, luego de cenar, reuní al equipo y les presenté el plan. “Tendremos dos equipos —comencé—. Uno ubicará y entrevistará a la mayor cantidad posible de ancianos en Nicoya. A medida que vayan llegando los resultados, ese equipo informará al resto de nosotros sobre el estado general de esas personas, lo que comen y cualquier otra conducta habitual que muestren. El resto de nosotros estará a cargo de encontrar personas que presenten el perfil de longevidad y de entrevistarlas para obtener sus historias”.
Los días de nuestra expedición fueron progresando satisfactoriamente. Nos despertábamos cada mañana a las siete y nos reuníamos en el comedor, donde tomábamos el desayuno y luego nos separábamos: un equipo para entrevistar gente, el otro para ubicar más ancianos centenarios comprobados, a partir de una lista preparada por la Universidad de San José. Justo antes de la puesta del sol, los equipos regresaban, exaltados por algún nuevo descubrimiento, y se encontraban en el comedor. Luego de la cena, los miembros de cada equipo compartían sus descubrimientos con el resto del grupo.
La historia de Panchita
Una noche, hacia el final de la expedición, fue mi turno de pararme y presentar un informe al equipo. Les conté acerca de Panchita. De muchas maneras, ella representaba todo lo que yo había aprendido hasta entonces sobre la longevidad en Nicoya: los centenarios afortunados eran personas religiosas, dedicadas a la familia, que no le daban importancia al dinero, flexibles, pero finalmente decididas, y
| De los más de 200 centenarios que había entrevistado en el mundo, Panchita era la más extraordinaria. |
sumamente agradables. Mostré fotografías de Panchita cortando leña, despejando maleza con un machete y caminando por el pueblo con su vestido rosa brillante y el collar de cuentas carnavalesco. Les dije a todos que de los más de 200 centenarios que había entrevistado en diversas partes del mundo, Panchita era la más extraordinaria. “Debes presentármela —dijo la psicóloga del equipo, Elizabeth López, quien tenía un interés especial por el bienestar—. Hasta ahora, he realizado 20 entrevistas, y aún no he visto a nadie como ella”.
Panchita vivía a sólo unos pocos cientos de metros de la hostal Dorati, así que, a la mañana siguiente, Elizabeth y yo fuimos hasta ahí a pie. Caminamos junto a los monos aulladores —encaramados en los árboles de mango—; luego, salimos del camino y entramos en el pueblo de Hojancha. Elizabeth había leído un artículo sobre el proyecto Zona Azul en los periódicos de Costa Rica y, habiéndose jubilado recientemente del Banco Mundial, estaba interesada en participar en algo nuevo. Terminó siendo un regalo de Dios. Como era nativa de Costa Rica, hablaba español fluidamente y, por lo tanto, servía como enlace perfecto entre nuestro equipo y los entrevistados. Lo que es más, podía ampliar nuestro cuestionario de investigación para que incluyera una forma de medir factores psicológicos —como, por ejemplo, niveles de felicidad y fe— en gente con muchos años de vida. Mientras caminábamos, le pregunté qué estaba descubriendo.