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| Teresa Rodríguez en Juárez, México. Foto: Cortesía Teresa Rodríguez |
Un abstracto de Las hijas de Juárez: Un auténtico relato de asesinatos en serie al sur de la frontera, por Teresa Rodríguez y Diana Montane, con Lisa Pulitzer
verano 2008
Cientos de mujeres y jovencitas han sido raptadas, violadas, torturadas y asesinadas en Juárez, México, justo al cruzar la frontera con El Paso, Texas. Teresa Rodríguez quería saber quiénes eran, porqué, y a manos de quién murieron.
A continuación, un abstracto de su trabajo investigativo, Las hijas de Juárez: Un auténtico relato de asesinatos en serie al sur de la frontera.
Del Capítulo 1, “Un cadáver en la arena”
Ramona siempre estaba preocupada por su niña bonita, porque, a los dieciséis, Silvia era demasiado confiada y poseía una ingenua seguridad en su capacidad de protegerse. “Cuídate”, le había advertido Ramona a la adolescente en varias ocasiones, “las muchachas están desapareciendo”. “No me pueden hacer nada”, le contestaba siempre Silvia; la típica respuesta de una muchacha de dieciséis años que se creía invencible. Eran pasadas las 9:00 P.M. cuando Ramona se acercó a la puerta del autobús que llegaba, una versión azul y blanca de los autobuses amarillos que transportan a los escolares en Estados Unidos. Observaba a los cansados pasajeros que bajaban, a la espera de ver a su hija. Pero el último de los viajeros descendió los peldaños y no hubo señales de Silvia. Debe haberse detenido a platicar con algunos amigos mientras esperaba en el sitio de hacer la transferencia del autobús en el centro, pensó Ramona. La mayoría de los autobuses de la ciudad se paraban en ese lugar, marcado por una enorme estatua de Benito Juárez García, héroe de la revolución mexicana y presidente del país, de quien la ciudad tomaba el nombre. La estatua de ocho pies de alto, que se alzaba sobre un gran pedestal, estaba hecha de mármol blanco de Carrara, mármol negro de Durango y piedra labrada de Chihuahua. Se levantaba en el centro de un parque de cuatro manzanas salpicado de manchas de césped y unos cuantos bancos. Los adolescentes se reunían allí para jugar a la pelota y los pasajeros de autobuses esperaban sus conexiones; era allí que Silvia hacía su transferencia diaria de un autobús al otro. Los Morales vivían junto a la línea de la Ruta 30, que iba desde el distrito del centro de la ciudad al aeropuerto de Juárez. De pie, sola en la calle oscura y desierta, Ramona vio llegar e irse el autobús de las nueve y quince, como también el de las nueve y treinta y el de las diez. Con cada autobús que pasaba, el corazón de Ramona latía un poco más aprisa y terribles pensamientos acudían a su mente mientras intentaba hablar consigo misma y mantener la calma. No quería pensar en el peligro. No quería pensar en los artículos del periódico sobre las chicas que desaparecían. Sólo quería ver la cara de Silvia. A la 10:30 P.M., ya se encontraba en estado de pánico. Helada de miedo, seguía esperando de pie en la parada. Silvia tenía que aparacer, se decía Ramona. A la 1:00 A.M. se detuvo el último autobús de la noche: la última parada de su recorrido, y Silvia no se encontraba entre los pasajeros que bajaron. Ramona vio descorazonada cómo el chofer cerraba las puertas del autobús vacío y se alejaba. Se sintió mareada por el polvo y el humo del motor; apenas si podía respirar mientras regresaba a toda prisa a su casa. Una vez allí, intentó despertar a su marido. Pero Ángel no andaba bien: le habían diagnosticado un tomor pulmonar, se sentía cada vez más débil y no era fácil sacarlo del sueño. Luego de pasearse varios minutos por el cuarto debatiéndose en qué hacer, Ramona salió a la calle y fue hasta la casa de una vecina. Su amiga Sandra vivía a unas pocas viviendas de por medio y tenía un cuñado que era capitán del Departamento de Policía de Juárez. Sin importarle la hora, Ramona tocó a la puerta de Sandra. Apenas le había dicho unas palabras cunado Sandra se puso al habla por teléfono con los hospitals de la localidad y luego con la Cruz Roja. Luego llamó a su cuñado, el capitán de la policía. “Silvia Morales ha desaparecido”, Ramona oyó que su amiga decía por el teléfono. ¿Podría él movilizar algunas fuerzas?
Cuando perdió a su esposo, la reportera de Univision, Teresa Rodríguez, se enfrentó a su dolor y, junto a sus hijos, construyó una nueva estructura familiar. Hoy día, con sus hijos encaminados, Rodríguez nos presenta un nuevo libro, y un nuevo amor. No se pierda nuestra entrevista exclusiva con esta valiente mujer que engalana la portada de la edición de verano de AARP Segunda Juventud, aquí.
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